Historia del maquillaje en los siglos XVIII y XIX
- carolina cantillo
- 8 feb 2024
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 16 may 2024
Durante los siglos XVIII y XIX, la estética y las tendencias de maquillaje experimentaron cambios significativos en comparación con las épocas anteriores. Estos cambios estuvieron impregnados de alteraciones culturales, sociales y políticas que dejaron su huella en la concepción de la belleza y la aplicación del maquillaje.

En el siglo XVIII, se observó un cambio en la actitud hacia el maquillaje y la belleza, influenciado en parte por la Ilustración y los cambios sociales. Aunque el maquillaje mantenía su popularidad en las cortes europeas, especialmente entre las clases sociales elevadas, se adoptó un enfoque más suave y natural. Las mujeres utilizaron polvos blancos y coloretes suaves para lograr un aspecto pálido y delicado. A diferencia de las cejas delgadas y arqueadas del Renacimiento, se volvió a preferir las cejas naturales, y las mujeres empezaron a usar maquillaje de manera más visible durante el día, resaltando la simplicidad y la naturalidad.
En el siglo XIX, la época victoriana asoció la belleza con la moralidad y la virtud. Se mantuvo la valoración de la piel pálida, utilizando polvos blancos, coloretes y labiales en tonos suaves. La ciencia y la medicina influyeron en el maquillaje, dando lugar a productos con supuestas propiedades beneficiosas para la piel. A medida que avanzaba el siglo, los cambios en los roles de género y la participación de las mujeres en la sociedad se reflejaron en la moda y el maquillaje, promoviendo la expresión personal e individualidad. El maquillaje también se destacó en el teatro y el entretenimiento, adoptando estilos más dramáticos y elaborados para resaltar las expresiones faciales en escena.

En cuanto a las tendencias específicas en los siglos XVII y XVIII, la obsesión por los rostros pálidos prevaleció, espolvoreando polvos de talco o harina de arroz en rostro, cuello y escote. Francia marcó el canon de belleza, desaprobando el colorete en ojos y mejillas. Las mujeres buscaban un aspecto pálido, y ante la falta de coloretes, se pellizcaban para que la sangre pigmentara sus pómulos.

En Asia, especialmente en Japón con las
Geishas, se utilizaba un maquillaje distintivo para resaltar rasgos de manera sugerente. El maquillaje blanco cubría rostro, cuello y manos, con zonas estratégicas sin pintar para acentuar la sensualidad. Ojos y cejas se remarcaban con carbón, y los labios se pintaban en forma de corazón.
En el siglo XVI, tras la llegada a América, se descubrieron nuevos materiales para elaborar productos cosméticos, reduciendo riesgos y toxicidad. El maquillaje se volvió esencial en las cortes inglesas y francesas. En los siglos XVII y XVIII, la euforia por el maquillaje fue evidente en hombres y mujeres de alta sociedad, con maquillajes extravagantes y labiales compuestos por extracto de uva negra y orcaneta y la moda barroca llevó la obsesión por el maquillaje a niveles exagerados.
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